El dolor en las mascotas de la teoría a la práctica clínica (II): Reconocimiento y tratamiento del dolor crónico

El reconocimiento y el tratamiento del dolor crónico representa uno de los retos más importantes en la medicina moderna. Esta forma patológica de dolor afecta al 10-25% de la población y uno de cada cinco europeos ha sufrido alguna forma de dolor crónico o persistente (Glodbert y McGee, 2011).

Considerando la epidemiología y el impacto socioeconómico del dolor a nivel mundial, no sorprende que tanto la investigación básica (mecanismos moleculares que ocurren a nivel celular) como la clínica (ensayos para encontrar mejores tratamientos) estén en continua y rápida expansión.

El dolor agudo es una forma de “alarma” que ayuda a prevenir que el daño celular se perpetúe y promueve la curación tisular (adaptativo). El dolor crónico, por el contrario, no conlleva ningún beneficio para el animal, es debilitante y, por ello, es considerado como una patología per se (no adaptativo). El dolor agudo suele ser de breve duración y termina cuando el daño tisular finaliza; el dolor crónico persiste en el tiempo y es independiente de un estímulo nociceptivo (no nociceptivo).

Tanto en personas como en animales, padecer dolor crónico está asociado a una reducción de la calidad de vida en términos físicos, emotivos y sociales. En animales (no verbales), reconocer el impacto que el dolor crónico causa sobre el bienestar del sujeto es aún más complejo. El 20% de los perros adultos están afectados por osteoartrosis (Johnston et al. 1997) que resulta ser la causa más frecuente de dolor crónico en pequeños animales. La osteoartrosis comúnmente está asociada con dolor miofascial. Otras causas de dolor persistente en las mascotas incluyen dolor de origen dental, auricular y dolor de origen oncológico (Bell et al. 2014).

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